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Cuando la estabilización no alcanza: la deuda como trampa estructural

Publicado el: 17 abril de 2026

La reciente evolución de la deuda argentina con el FMI (que en un año pasó de 42.047 a 57.250 millones de dólares) obliga a revisar una premisa repetida del debate económico: que el equilibrio fiscal es suficiente para estabilizar la deuda.

La Argentina no es una economía normal; es un país con deuda sobredimensionada, sometido a sobretasas de interés y con una estructura productiva que no crece al ritmo que exige el peso de sus compromisos. En ese contexto, la deuda deja de ser consecuencia del déficit y se transforma en una dinámica propia, y ahí reside la trampa.

La refinanciación permanente de vencimientos, los canjes de títulos y la capitalización de intereses configuran un mecanismo donde una parte creciente de la deuda no financia desarrollo ni inversión productiva, sino el propio costo del endeudamiento. El Estado puede alcanzar equilibrio primario y, sin embargo, ver crecer su endeudamiento por efecto de los intereses y la mecánica de refinanciación (ese es el punto ciego del debate actual).

Como diputado nacional entre 2001 y 2005, integrando el bloque de la Unión Cívica Radical, participé de la reestructuración de la deuda bajo la conducción de Roberto Lavagna y en la Comisión Bicameral que investigó la fuga de divisas. Esa experiencia deja una conclusión que la Argentina no debería volver a ignorar: cuando la deuda desborda la capacidad estructural de la economía, el problema no se corrige con gradualismo indefinido, sino que se enfrenta. La reestructuración de 2005 implicó una quita significativa y una extensión de plazos que permitió recuperar sostenibilidad frente a una deuda que era impagable.

El equilibrio fiscal es condición necesaria pero no alcanza, el desarrollo productivo es indispensable pero requiere estabilidad, y el manejo de la deuda es inevitable pero sin crecimiento resulta transitorio. Avanzar hacia una administración activa implica revisar tasas, plazos y mecanismos de recompra de títulos a valor de mercado, no para desconocer obligaciones, sino para hacerlas sostenibles.

La verdadera discusión no es si hay que ajustar o no, sino si vamos a seguir administrando una dinámica que fabrica crisis o si vamos a construir una política de Estado que la revierta. La diferencia no es técnica, es política.

Por Noel Breard