Impacto 107.3

Bella Vista: Nubes | Ahora: 20.25°C | ST: 20.45°C

A 178 años del fusilamiento de Camila y Ladislao: el descuido que los llevó a la muerte y el último mensaje del cura a su amada

Publicado el: 17 agosto de 2026

Se enamoraron en la Buenos Aires de Juan Manuel de Rosas, escaparon juntos rumbo a Brasil y llegaron a abrir una escuela en Goya, pero fueron descubiertos y detenidos seis meses después. En Santos Lugares, el 18 de agosto de 1848, los dos jóvenes fueron fusilados: uno de los episodios de amor más trágicos y conmovedores de la historia argentina.

A su modo, y acaso de manera fiel, fueron los Romeo y Julieta de estas tierras bárbaras y desdichadas. Los cuatro, Romeo Montesco, Julieta Capuleto, Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, eran jóvenes, estaban enamorados como se enamoran los jóvenes: para toda la vida; los cuatro sufrieron tremendas presiones familiares, los cuatro fueron perseguidos por estar enamorados y los cuatro terminaron muertos. Los amantes de Verona, por mano propia; los de la pampa, fusilados.

Es verdad que los chicos de la tragedia de Shakespeare mueren por el arrebato de su propia pasión y por la tontería de un cura chambón, todo hay que decirlo. Montescos y Capuletos eran dos familias distinguidas y enfrentadas, pero tal vez no imaginaron la muerte de sus hijos; acaso ni siquiera la imaginó Shakespeare y fue el turbión adolescente el que terminó por dictarle e imponerle la tragedia.

En cambio Camila y Ladislao mueren fusilados por decisión de Rosas; porque ella es una chica de la sociedad porteña y él es un cura joven que tiene prohibido el amor, pero que se trepa a ese carro desatado de la pasión y desafía a la sociedad entera; desata un escándalo que, como siempre sucede, amenaza al poder político que no sabe cómo salir airoso de ese aquelarre que ofende hasta Dios; ellos mueren porque vivos y enamorados son insoportables para todos, incluso para el padre de Camila, que avala de algún modo la muerte de su propia hija. Camila y Ladislao mueren fusilados porque esa patria bárbara y desdichada, todavía en embrión, piensa que la muerte lo soluciona todo. Sólo la barbarie puede fusilar al amor.

Pasaron 178 años de aquella desdicha doméstica y familiar que se pudo solucionar con un reto, una prisión leve y ejemplar, con una suspensión ad divinis del ministerio sacerdotal, con cualquier castigo menor al paredón y a la sangre y que, en cambio, terminó como terminó.

Camila O’Gorman nació en Buenos Aires el 9 de julio de 1828; la bautizaron en Nuestra Señora de la Merced el 12 de agosto; era hija de Adolfo O’Gorman, un francés de ascendencia irlandesa, y de Ximena Pintos, la quinta de los seis hijos del matrimonio. Uno de los hermanos de Camila, Eduardo, es sacerdote; a Camila la educan según el molde de la época: que sepa coser, bordar y llevar una casa adelante, que acceda a la cultura, no demasiada, por supuesto, la elemental y suficiente para moverse en los salones y en las fiestas donde conocer y relacionarse con muchachos de su edad, futuros candidatos a marido. Y Camila cumple esa voluntad familiar: es una chica alta, bella, alegre, un baluarte de la sociedad porteña que sangra bajo el gobierno de fuego de Rosas; baila en las fiestas que da el gobernador, es íntima de su hija, Manuelita, con la que se tutea y tal vez comparte secretos. Camila es una chica ejemplar.

Sacrificio de Camila O´Gorman y del sacerdote Gutiérrez. Litografía de Rod Kratzenstein. (Foto: Facebook Historia de los Barrios de Fondo de la Legua.)
Sacrificio de Camila O´Gorman y del sacerdote Gutiérrez. Litografía de Rod Kratzenstein.

Ladislao Gutiérrez le lleva tres o cuatro años. Nació en Tucumán en 1824 y quedó huérfano cuando era un chico; lo criaron los jesuitas, que lo consagran sacerdote muy joven. También es un ejemplo de la sociedad tucumana, un ejemplo de fe y de esperanza. Su tío, Celedonio Gutiérrez, es gobernador de la provincia y aliado de Rosas, así que manda al joven cura a Buenos Aires, con algunas cartas de recomendación para facilitarle la dureza de los primeros tiempos en una ciudad ajena.

Las cartas dan resultado: el secretario del obispado de Buenos Aires, Felipe Elortondo y Palacios, lo hospeda en su casa por un tiempo y lo incorpora a la muy respetada Parroquia del Socorro, que hoy se alza en la esquina de Juncal y Suipacha pero que entonces era una zona de quintas y frutales. En la parroquia, Ladislao conoce a Eduardo, el hermano cura de Camila, que lo invita a las cordiales tertulias de la casa familiar. Allí se conocen Camila y Ladislao. Ya está: dos chicos no precisan nada más para enamorarse.

Cuándo empezó todo y cómo es difícil de fijar en el tiempo. Camila y Ladislao no dejaron cartas, escritos, notas, rastros de su amor shakesperiano. Y si algo dejaron, fue destruido. ¿Nadie notó en aquella casa la pasión desenfrenada de la pareja? Si todo empezó en aquel fatídico 1827, ella tenía diecinueve años y él veintitrés. ¿Nadie se dio cuenta en aquel mundo estrecho y pequeño, un pañuelo, donde todos sabían todo de todos? O en la casa de los O’Gorman vivía gente muy despistada, o los chicos eran genios en el difícil arte de ocultar los sentimientos, o alguien hizo que no viera lo que era obvio, o alguien supo todo y calló, como calla el ama de llaves de Julieta al ver la felicidad de su protegida.

Los amantes son audaces, desenfrenados, temerarios, pero no son tontos. Saben que están en falta grave, quién ha visto semejante desvergüenza, y no quieren provocar dramas, ni ensuciar el buen nombre de los O’Gorman, ni perturbar la paz social de esa aldea donde la mazorca mata y reina. El 12 de diciembre de 1847 escapan. A caballo, con lo puesto y poco más. Es una locura, pero tienen un plan: llegar algún día, que sea pronto, a Río de Janeiro, a la distancia, al anonimato y al olvido. Tienen una ruta a seguir: Luján, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y, por fin, Brasil, la tierra prometida. No tienen otra certeza más que la que les dice que la misión es poco menos que imposible.

Fotorretrato de Camila O'Gorman. (Foto: Autor desconocido / Wikipedia)
Fotorretrato de Camila O’Gorman.

En Santa Fe, ya son fugitivos. Perfeccionan la estrategia de escape. Se plantan ante el capitán de la goleta “Río de oro”, juran haber perdido sus documentos y consiguen que el marino les extienda un pasaporte, o salvoconducto, o lo que fuere, a nombre de quienes no son: Camila es ahora Valentina Desan. Y Ladislao es Máximo Brandier. Los dos, dicen, llegan del norte, de Salta, acaso hasta de Jujuy; son jóvenes comerciantes en busca de un futuro, ¿quién no? Así que los dos que no son lo que dicen ser, sí dicen en verdad lo que quieren ser: marido y mujer, casarse en Brasil, tener hijos y vivir en la gracia de Dios.

Algo los frena en Goya: la falta de dinero tal vez, el ansia de encontrar reparo, refugio, un alto en aquella huida insensata. Abren una escuela en la casa que alquilan, la primera de Goya, y tienen tanto éxito que se mudan a otra más grande que puede cobijar a más alumnos. Los Romeo y Julieta de la pampa bárbara son felices. ¿Qué más pueden pedir?

En Buenos Aires, el escándalo empieza a vestirse de tragedia. En casa de los O’Gorman, donde no hay despistados, trenzan los hilos con facilidad: Camila se fue, el cura Ladislao no está en su parroquia, ninguno de los dos aparece por ningún lado. Se esfuerzan por tapar el escándalo que ya es una hoguera descontrolada. En medio de ese fuego surge como un monstruo el miedo; el miedo a Rosas, a quien Camila y Ladislao han burlado, o engañado, o traicionado. Miguel García, sacerdote provisor del Socorro, le escribe al gobernador una carta sinuosa, serpentaria y servil que pide dureza y discreción, pero le habla al Restaurador de igual a igual, de estadista a estadista: “(…) El suceso es horrendo y tiene penetrada mi alma el más acerbo sentimiento. (…) Pero lo más lamentable es la infamia y vilipendio que trae aparejado para el Estado eclesiástico. Por el amor que V. E. tiene a la religión (…) yo le ruego quisiera ocuparse de esta desgraciada ocurrencia, dignándose adoptar medidas que estime convenientes, para averiguar el paradero de aquellos dos inconsiderados jóvenes (…) para que su atentado tenga la menor trascendencia por el honor de la Iglesia y de la clase sacerdotal”. Ese lenguaje ambiguo y amenazante, “adoptar las medidas que estime convenientes”, también abre las puertas a la tragedia.

Rosas se siente desafiado por los dos chicos enamorados. Y está furioso. Sabe, porque lo sabe todo, que en la Buenos Aires que gobierna, más de un sacerdote convive con su pareja. Según el historiador Manuel Bilbao, citado por su par Sandro Olaza Pallero, dice: “No soy un niño para sorprenderme con los escándalos de los clérigos; lo que no puedo permitir ni tolerar es que falten a la autoridad, se rían de ella, la ridiculicen. Los he de encontrar, aunque se oculten bajo la tierra. Los he de hacer fusilar”. Y ya está, Camila y Ladislao están condenados: nadie escapa a la furia del Restaurador.

Pintura al óleo "Ejecución de Camila O'Gorman" hecha por Francesco Augero en Turín. (Pintura: Francesco Augero, 1858 / Wikipedia)
Pintura al óleo «Ejecución de Camila O’Gorman» hecha por Francesco Augero en Turín.

Rosas no es el único furioso. El padre de Camila, Adolfo, envía al gobernador una carta terrible en la que abdica de su propia hija: “(…) para elevar a su superior conocimiento el acto más atroz y nunca oído en el país, y convencido de la rectitud de V. E., hallo un consuelo en participarle la desolación en que está sumida toda la familia. (…) pues la herida que este acto ha hecho es mortal para mi desgraciada familia. Así, señor, suplico a V. E. dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz —dice de Camila— se vea reducida a la desesperación y, conociéndose perdida, se precipite en la infamia (…)“.

¿Qué quiere decirle Adolfo O’Gorman a Rosas con eso de que prevea que “esta infeliz se vea reducida a la desesperación y se precipite en la infamia”? En el final de su carta describe a la pareja: “El individuo es de regular estatura, delgado de cuerpo, color moreno, ojos grandes pardos y medios saltados, pelo negro y crespo, barba entera pero corta, de doce a quince días; lleva dos ponchos tejidos (…). La niña es muy alta, de ojos negros y blanca, pelo castaño, delgada de cuerpo; tiene un diente de adelante empezado a picar. Buenos Aires a 21 de diciembre de 1847”, nueve días después de la fuga. Días más tarde, la ciudad aparece empapelada con la descripción de los dos fugitivos y con una orden ineludible: hay que dar con ellos en cualquier sitio de la Confederación en el que se encuentren y enviarlos a Buenos Aires.

Retrato litográfico de Juan Manuel de Rosas. (Foto: Museo del Bicentenario)
Retrato litográfico de Juan Manuel de Rosas.

Al drama ya no le falta nada. La oposición echa combustible a la hoguera en la que van a arder Camila y Ladislao. En marzo de 1848, a tres meses de la fuga, El Mercurio, de Chile, publica un artículo que lleva el sello de los exiliados enemigos de Rosas: “Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas monstruosas inmoralidades”.

En Goya, Camila y Ladislao no saben nada de los carteles que los buscan, de la carta de Adolfo O’Gorman a Rosas, de los aspavientos en la iglesia del Socorro, de la decisión ya tomada por el gobernador, ni del paredón que les espera. Confían, piensan que están a salvo y el 16 de junio de 1848, a seis meses de la fuga, van a una inocente fiesta de cumpleaños en el pueblo. Y allí termina todo. Un cura irlandés, Michael Gannon, reconoce a Ladislao y lo denuncia al juez de paz. Los dos enamorados son detenidos y separados. Ya no volverán a estar juntos. El juez los interroga de inmediato; Camila niega haber sido forzada a seguir al sacerdote; por el contrario, dice que fue ella quien inició el romance y quien planeó el escape. Demasiada verdad para ser tolerada.

Días después, por orden del gobernador Benjamín Virasoro, los dos enamorados son enviados por barco a Buenos Aires, engrillados. Llegaron a Rosario el 7 de julio y, en carreta, también separados, viajaron hasta San Nicolás de los Arroyos. En algún punto de la travesía, Camila puede enviar una carta a su amiga, Manuelita Rosas, que le envía una respuesta fechada el 9 de agosto que, al parecer, Camila no recibió: “Querida Camila: Lorenzo de Torrecillas os impondrá fielmente de cuanto en vuestro favor he suplicado a mi Sr. Dn. Juan Manuel de Rosas. (…) Recibe uno y mil besos de vuestra afectísima y cariñosa amiga, Manuela Rosas y Ezcurra”

Cuando las carretas llegan a Santos Lugares, vecina a Buenos Aires, los dos enamorados van a dar a la cárcel, calabozos separados, donde pasarán las últimas 72 horas de sus vidas. Es detrás de esas rejas donde nace otro enigma. Camila no se siente bien y es revisada por un médico: está embarazada. Al menos es lo que informa el comandante de la prisión, Antonino Reyes, en un mensaje y en unos documentos que hace llegar a Rosas. O el embarazo es real, o es una estrategia para evitar la muerte de Camila. No se puede fusilar a una embarazada.

A Rosas todo le importa nada. Contesta que los dos condenados reciban el auxilio espiritual de un sacerdote y que sean fusilados el 18 de agosto a las diez de la mañana. Luego, algunas versiones de la historia dirán que el embarazo de Camila era de ocho meses, pero no hay registros, ni relatos de testigos, ni de autoridades, ni guardias de la prisión, ni fuente histórica que hable de un embarazo tan avanzado. Los rosistas insisten en que todo es una gran mentira con la que intentan salvar a la condenada. Sin embargo, en sus memorias, Reyes dice que Camila admitió su embarazo y que, antes del paredón, el sacerdote de la prisión de apellido Castellanos le dio a beber agua bendita para bautizar de alguna manera a la criatura que gestaba.

Los fusilaron, tal como había ordenado Rosas, a las diez de la mañana del 18 de agosto de 1848. Primero a Ladislao, luego a Camila, los dos chicos enamorados. Sabedor de su muerte inminente, Ladislao le preguntó al comandante Reyes cuál sería la suerte de su mujer. Reyes le dijo que también sería fusilada. Entonces, el sacerdote escribió unas líneas apresuradas que, tal vez, Camila llevó consigo para enfrentar las balas del idiotismo, la barbarie y la desdicha: “Camila mía: acabo de enterarme de que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el Cielo, ante Dios. Te perdona y te abraza, tu Gutiérrez”. Si eso no es entereza, que baje Dios y lo vea.

Reconstrucción de un fotorretrato de Ladislao Gutiérrez. (Imagen generada con IA)
Reconstrucción de un fotorretrato de Ladislao Gutiérrez.

La muerte de los enamorados cayó como agua helada en aquella ciudad bajo terror. Domingo Faustino Sarmiento, tenaz opositor de Rosas, creía que esa sangre derramada en Santos Lugares había servido para disciplinar a las almas díscolas y escribió: “Buenos Aires tiene encallecido el corazón de experimentar horror. Y no es fácil cosa conmoverlo con muertes, degüellos, desapariciones de individuos. Todo es vulgar; pero aquel fusilamiento (…) era tan exquisitamente horrible, imprevisto, repentino y aterrante, que valía por una matanza por las calles llevando al mercado las cabezas. Si la ciudad entera hubiese recibido en un solo instante la noticia, se la habría visto estremecer como si una cadena galvánica hubiese comunicado a todos una descarga eléctrica.”

Ya en su exilio británico de Southampton, el 6 de marzo de 1870, veintidós años después de los fusilamientos, Rosas escribe una carta, quién sabe si valiente pero en todo caso sincera, a Federico Terrero: “Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman, ni nadie me habló en su favor. Por el contrario, todas las personas del clero me hablaron o escribieron sobre su atrevido crimen y la urgente necesidad de un castigo ejemplar para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo, y, siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución. Mientras presidí el Gobierno de Buenos Aires y fui encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del Poder por la Ley, goberné según mi conciencia: soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos”

Buena falta le hubiese hecho a Rosas esa serenidad para entender que el amor es lo que es y no un desafío a las leyes, a las autoridades, a la moral, al pudor o a lo que fuere. Pero así son los totalitarismos: no pueden renunciar a la violencia. Si lo hacen, mueren. Y siempre es bueno para el príncipe que le teman. Rosas murió en 1877, quince días antes de cumplir ochenta y cuatro años. En septiembre de 1989, bajo la presidencia de Carlos Menem, sus restos llegaron a la Argentina para que descansaran en el cementerio de la Recoleta. La tumba de Rosas no está demasiado alejada del sepulcro de Camila O’Gorman.

Los dos amantes de la pampa bárbara y desdichada merecían, a modo de responso, que Shakespeare hubiera hecho caracolear el caballo del príncipe de Verona ya no sobre la plaza donde Romeo mató a Teobaldo, sino sobre los cardos de Santos Lugares, para que exigiera, entre tanta violencia ciega y tanta tontería expuesta, que el sol ocultara su luz, avergonzado por el duelo.

Al igual que Romeo y Julieta, nunca ha habido historia más amarga que la de Camila y su Ladislao.